lunes, 4 de mayo de 2020

Una nueva normalidad

El anhelo no debería ser regresar a la normalidad. ¿Estamos seguros de querer volver a lo que éramos antes de la pandemia? ¿Al egoísmo, al individualismo, a la falta de solidaridad, al daño permanente de la naturaleza, al consumismo desmedido? Sí, me refiero a la generalidad negativa, porque lo bueno no se cambia. Si funciona, déjalo como está, dicen por ahí.

Contadas excepciones -gente sin remedio, eso sí por miles y en todas partes, pero no importa-, hemos aprendido la importancia y necesidad de darle, como humanidad, otra orientación a nuestras prioridades. Nos dimos cuenta, o mejor dicho ratificamos, que lo más importante es tener salud. De nada sirven 10 carros en el parqueadero, propiedades por todo el mundo y ropa para cada día del año, si estás enfermo y nada puedes disfrutar. Volver a lo esencial, a lo básico, entregarle el poder a lo simple es nuestra ruta de escape de esta telaraña en la que nos habíamos metido voluntariamente. Telaraña sin valores, sin principios. Telaraña asquerosa que llamamos felicidad o tendencia o estar a la moda.

Nuestra vida no volverá a ser como antes y afortunadamente es así (los que eso quieren allá ellos). Este golpe del destino -si eso existe- tiene que servirnos para algo. No puede ser posible que después de aprender a vivir con lo que no tenemos queramos salir, como si fuéramos hormigas huyendo del fuego, a conseguirlo. Nos mandaron un mensaje, alguien o algo, y sería una falta total de sentido común no recibirlo, no analizarlo y no actuar en consecuencia.

No quiero decir que todo debe cambiar (si nos reinventamos todos quedamos igual, ¿no?), habrá cosas que tengan que hacerse como siempre. Por ejemplo, manejar nuestro carro, echar gasolina, insultar al imbécil que se atraviesa y le importa cinco causar un desastre, etc. Al final a lo que me refiero no es a nuestro proceder material sino al espiritual. Este virus debería ayudarnos a ser mejores personas. No es fácil, implica cambiar nuestra naturaleza, desde adentro, desde el alma -si eso existe- y no solo, como ahora, nuestro comportamiento.

Y es que las muestras actuales de cambio, me late que son más una moda que una realidad. Eso de aplaudir, de las clases gratis por redes sociales o de la unión de artistas para hacer conciertos tendrá que acabarse y no dejarán nada. Lo que sí puede dejar algo es pensar más en el prójimo, ayudar realmente, y no para la foto, a quien lo necesita, ser conscientes de que debemos cuidar el medio ambiente, aplicar la suma de individualidades para que el colectivo crezca. Eso es lo que necesitamos porque al final ahí está el verdadero cambio.

La pandemia no acabará con la maldad. Los bandidos seguirán en lo que mejor saben hacer -daño-. La corrupción seguirá rampante. Eso no cambiará en 2020, así como no cambió en 1918 con la gripe española, y tampoco cambiará en 2100. Lo que sí puede cambiar es nuestra forma de enfrentarnos a estos males para tratar de mitigarlos, pero eso será tema para después o para acuñar la frase de moda: “ustedes no están preparados para esa discusión”. Ja, ja, ja.

Los mejores deseos para todos. Creo que desde el 11 de mayo, en Colombia, acabará el aislamiento preventivo obligatorio inteligente pues no tiene sentido seguir alargando el encierro. El gobierno ha hecho todo lo que está a su alcance por protegernos y muy bien, ahora nos toca a nosotros, a cada uno, seguir por ese camino permanente y a largo plazo del autocuidado: tapabocas permanente, máscara que cubra todo el rostro de ser posible, distancia social y buen lavado de manos. Si acatamos con agrado estas recomendaciones podremos salir de nuevo a las calles y crear una nueva normalidad.


Diego Mora
@DiegoMorita

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