domingo, 4 de septiembre de 2011

Una hora esperando…

Sentado a la sombra de un árbol espero a que llegue la secretaria para entregarle unos papeles. Mi reloj marca la una y diez minutos y la cita era a la una en punto.

Para hacer más corta la espera y como no tengo un teléfono inteligente para distraerme, me dedico a observar. A mí izquierda el local de las fotocopias (no había mencionado que estoy en la universidad). El joven que lo atiende no sabe qué hacer, no tiene clientes, así que se asoma por su pequeña ventana, se mira las manos, los dedos y ataca sus uñas. Una a una o podría decir uña a uña las va escupiendo.

Frente a mí, cuatro jóvenes juegan a las cartas. Me dan ganas de acercarme y pedirles que me dejen jugar con ellos, pero están apostando dinero y yo tengo justo el pasaje de regreso a casa. Se ríen mucho y hablan duro. Pasa una mujer bastante atractiva y los cuatro, después de desvestirla con la mirada, coinciden en el comentario: ¡que chimba de vieja güevón…uyyyy mera! el lenguaje utilizado es muy común, incluso pienso lo mismo, pero no tengo a quién decírselo, entonces solo la desvisto con la mirada.

A mi derecha un muro, poco para decir. Dos metros de alto, unos diez metros de ancho, color blanco, no más.

No miro hacia atrás, me duele el cuello. Miro hacia arriba y encuentro el cielo, el cual por supuesto no describiré. Regreso a los jugadores. Uno de ellos acaba de ganar la mano y gracias a su suerte le dicen: “esta es mucha gonorrea tan de buenas”. Comienza la otra mano y me llama la atención que la palabra “gonorrea” se repite constantemente en las frases que pronuncian, sin importar a lo que vayan a referirse. 

Me distraigo un poco y pienso en que esta palabra se utiliza para llamar a una enfermedad venérea; así que no entiendo el uso que estos individuos le están dando. ¿Seré muy inocente?
Sigo escuchándolos y trato de no mirarlos para evitar que de pronto me digan: “hey vos, gonorrea, qué estás mirando”.

Una y veinte minutos, la secretaria no llega. Me concentro en el minutero de mi reloj y en 60 segundos los jóvenes jugadores (prospectos de ludópatas) dicen “gonorrea” 18 veces. Parece que es una especie de terapia mencionar la palabra, sirve si ganan el juego, si lo pierden, si alguno cuenta un chiste, es decir la palabra se les acomoda en cualquier frase.

Nada de la secretaria, será que si digo: ¡que gonorrea tan demorada! llega? No, no funcionó, pero si me sentí un poco mejor. Una y veinticinco. Llegan clientes a la fotocopiadora y pienso ¡qué suerte tiene el joven! pues creo que ya no había uñas y maluco que siguiera con los dedos.

Está haciendo mucho calor, mejor dicho ¡que gonorrea de calor!

Una y treinta, sigo esperando… ¡que gonorrea tan demorada!

Una y cuarenta y cinco minutos, no llega, no entiendo para que me citó a la una en punto. Llegó primero el jefe, le cuento que hace 45 minutos estoy esperando. Me hace el favor de llamarla al celular. Dice que ya viene y pienso con ganas de decirlo: ¡espero que ahora sí llegue la gonorrea!

Dos y cinco. Llegó sonriendo y como si nada hubiera pasado. Hago de tripas corazón también le sonrío, aunque de manera hipócrita, y le entrego los papeles. Me dice que están malos, pienso y estoy a punto de decirlo: ¡esta es mucha gonorrea, si así me dijiste que los llenara, ¿cómo es posible que ahora me digás que están malos? Me contengo y corrijo los errores. Se los entrego nuevamente, los recibe, los revisa, tarda un poco hasta que dice: listo, así están bien. Me despido y le doy las gracias.

Salgo de la oficina y los jugadores continúan en las mismas, gonorrea va, gonorrea viene.

Caigo en cuenta de que perdí una hora y no he almorzado, trato de evitarlo, pero mis labios son fuertes y me ganan. Bueno tampoco es que oponga mucha resistencia y la digo, casi inaudible, pero me alcanzo a escuchar: ¡qué gonorrea! Vaya, se siente bien, ahora entiendo. Otra vez, pero la complemento ¡qué hambre tan gonorrea!

Creo que acabo de incorporar esta palabra a mi vocabulario de todos los días. Realmente a la universidad se va a aprender.

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