sábado, 2 de abril de 2011

Y murieron felices…

Nada es más fuerte que el amor. Eso lo comprobé hace treinta minutos. Me llamó Sebastián, tengo veinticinco años y acabo de asesinar a mi esposa. Su nombre es Elena y en su rostro acabo de conocer la verdadera felicidad. Está radiante y hermosa, con una gran sonrisa que quiero creer, jamás se le borrará.

La conocí cuando ambos teníamos quince años y desde ese momento la amé. Estudiamos la misma carrera universitaria para estar juntos en todo momento, al graduarnos nos casamos y decidimos no tener hijos, así no compartiríamos nuestro amor con nadie más.

Hace un mes llegamos a un acuerdo y nos juramos, en este caso sin ninguna duda, amor eterno. Hoy cumplimos nuestro juramento. Analizamos la manera de estar juntos para siempre y después de mucho pensarlo, concluimos que debíamos morir.

Hace una semana renunciamos a nuestro trabajo, saldamos todas las cuentas, vendimos nuestros muebles y electrodomésticos y todo el dinero que nos sobró lo donamos a una fundación que ayuda a niños con enfermedad terminal; Elena dijo que esa era la buena obra que nos llevaría al cielo. Nos despedimos de cada uno de nuestros familiares y amigos diciéndoles que nos íbamos a un largo viaje y que nos desconectaríamos del mundo, así que no debían esperar ningún contacto de nuestra parte.

Nos encerramos en nuestra casa vacía y nos dedicamos a amarnos sin descanso. Hacíamos el amor en todo momento, no nos falto ningún espacio de nuestros cuerpos por conocer ni ningún lunar por bautizar. Inventamos nuevas formas de amar, posiciones, lugares, momentos, horas del día y de la noche; todo lo que quisimos hacer lo hicimos y fue maravilloso.

En estos días no nos dijimos que nos queríamos ni que nos amábamos, porque un gesto, una mirada, una caricia, reemplazaban las palabras que muchas veces el ser humano se acostumbra a decir sin ser consciente de su significado. Hoy, día en que cumplimos diez años de estar juntos, a las cinco de la tarde con doce minutos, hora exacta en la cual nos dimos nuestro primer beso, juntamos nuestros labios por última vez y en ese instante, tal como lo acordamos, le disparé en el corazón.

Decidí escribir esta historia, para evitarles a nuestras familias la incertidumbre de preguntarse qué pudo pasarnos y para que tengan la certeza de que este amor fue el más puro y desinteresado que existió. También, para que de alguna manera los que se quedan, entiendan que el amor es más que una palabra que mencionamos todos los días, para que entiendan tal como lo hicimos nosotros, que el amor es ser incondicional y ser capaz de dar la vida por el otro sin pensarlo.

Elena y yo lo entendimos y desde este momento, en el que mi vida empieza a extinguirse, estaremos juntos por toda la eternidad.

Allá los esperamos. Chao!

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