viernes, 19 de diciembre de 2014

El vigilante

Era su primer día de trabajo, también el último. 

Al despertar, observó a su esposa dormir unos segundos, la besó en la frente y se preparó para salir. Empacó el almuerzo y se tomó, a medias, un café. Estaba ansioso, más que feliz, pero sabía que este empleo era una gran oportunidad. Antes de irse, y como de costumbre, bendijo a sus hijos y emprendió el camino rumbo a su futuro. Encendió la moto, su “consentida” como la llamaba, y al arrancar estuvo a punto de caerse al pisar una piedra que estaba en su camino. Sabía, en secreto, que la visión no era su aliada, pero de ese pequeño detalle nadie tenía que enterarse. Llegó al trabajo, y antes de empezar, recibió la escopeta de dotación y la bicicleta para hacer las rondas de su compañero encargado del turno de la noche.

Era un barrio tranquilo, de muchos árboles y poco tráfico. Su trabajo no era exigente pero tenía claro que debía hacerlo bien para que llegara el ascenso; sinónimo de más dinero, de más oportunidades para su familia y tal vez, de planear ese viaje a conocer el mar que llevaba tanto tiempo aplazando. Fue una mañana suave, al mediodía almorzó, en menos tiempo del que tenía asignado, y regresó a las rondas. El día iba perfecto y pasó rápido. Una hora antes de terminar el turno llamó a su esposa, habló con sus hijos y les dijo lo mucho que los amaba. Fue la última vez que lo hizo. 

De un momento a otro todo cambió y la felicidad escapó de su cuerpo. En la otra esquina, vio una silueta que agachada caminaba sigilosa. Su corazón se aceleró, lo sentía palpitar en su cabeza. Empezó a sudar y con un gran esfuerzo trató de recordar la capacitación de ocho horas en la que le enseñaron técnicas de persuasión, control y el procedimiento de emergencia, pero no supo qué hacer para superar el miedo, para eso no lo habían preparado. Parpadeó muchas veces tratando de ver más claramente, de enfocar, pero no lo lograba -la vista le fallaba ahora cuando más la necesitaba-. Veía borroso, los nervios lo controlaban, le nublaban la vista, su inteligencia.

-¿Qué hago? Era la pregunta que se repetía millones de veces. Las piernas le temblaban. Estaba fuera de control.

-¿Qué hago? 
-¿Qué hago?
-¿Qué hago?

Pasaron unos segundos, supo que tenía que decidir algo y tomó el camino fácil.

Apuntó con la escopeta, avanzó unos metros y gritó, al mejor estilo de las películas:

Alto ahí!

Pero no pasó nada, la silueta no reaccionó, tampoco algún vecino salió al balcón. Sentía la cabeza a punto de explotar, estaba aturdido. Vino un grito más fuerte:

Alto ahí

Pero nada cambió, así que puso fin a la situación.

La decisión le presionó el cerebro hasta hacerlo sentir dolor. El disparo, llenó de silencio la cuadra y un olor a muerte abrazó el ambiente. La silueta cayó rápidamente al asfalto, tres perdigones impactaron su pecho y lo destruyeron. Su puntería fue absurda, certera, mortal.


El vigilante, ahora está tranquilo gracias a la pastilla que le dan cada seis horas y que lo lleva a otro lugar. A veces, cuando regresa, se pregunta cómo es posible que hubiese confundido a doña Teresa, la octogenaria, con un ladrón. Ha intentado hacerse daño, por eso los médicos lo protegen y la camisa de fuerza es ahora su mejor amiga, su esposa, sus hijos…  


Autor: Diego Mora - dimora1977@gmail.com - @DiegoMorita